jueves, 14 de diciembre de 2017

Lagunas de un Asesino (Remastered) 2

Capitulo de mi Diario personal numero 2:

Decayendo para alcanzar la cima


Olor a colillas de tabaco, ron barato y hachís, con un

fuerte sabor a amoniaco en el aire, así es como huelen los 

bancos de ciudad por la noche, cuando nosotros, la gente 

de la calle entra a dormir en ellos. Por las mañanas se 

acercan los patrulleros y nos echan, por lo general se 

aprovechan y golpean. Pero claro, es eso, o dormir en algún 

parque, y los cartones y las mantas de los contenedores 

roídas por las ratas no abrigan.



Esta mañana la locura estalló en las calles, se oían nombres 

de borrachos que se atribuían el merito de ser quién mató a 

Straczynski, incluso hubo de quién habló del gobierno, 

extraterrestres, y otros religiosos radicalizados hablaban de 

un castigo divino del propio Jesucristo redentor, que lo 

mandó al infierno por robar vino de la Iglesia.



Como esto es España, y los policías no tomarán donuts y 

café cada dos por tres, pero como buenos españoles, 

trabajar mucho no es su fuerte, así que tan pronto como 

pudieron, dejaron el caso cerrado redactando el siguiente 

informe policial que presentaron los periódicos:



Un suicidio accidental por estar, el fallecido, en estado de 

embriaguez. Alcoholizado, prendió unas cerillas en busca de 

encender un puro (...), acto seguido, con botella en mano, 

calló al suelo, de modo, que se insertó a través de la boca la 

botella, que con el peso del sujeto al caerse, estalló en el 

interior del orificio bucal. Sangrando y embriagado, el sujeto 

se tumbó en el colchón para calmarse, con la mala fortuna 

de que una roca de las paredes del recinto cayó sobre el 

estomago del desdichado fallecido (…)”.



Obviamente ese informe no convenció a la prensa, quién 

tenía la suposición de que se trataba de un asesinato, de 

hecho hablaban de la posibilidad de que se tratara de un 

caso de brutalidad policial, ya que les escamaba el echo de 

que se lo quisieran quitar de encima el caso tan pronto.



Esa misma mañana me paseé por las calles en busca de un 

lugar conocido por los criminales, un lugar secreto y ajeno a 

la sociedad, lo llaman el “Barrio rojo”, y obviamente no es 

por ser comunistas.



La calle es triste, no por el echo de vivir en ella en la 

inmundicia, si no por la sociedad marchita que la rompe 

como un cáncer. Una necrosis que la mata poco a poco. Las 

calles sucias con olor a goma quemada, los callejones con 

olor a droga y alcohol, pero sobre todo, olor a hipocresía y 

apatía. Pero sin duda no es nada comparado con el “Barrio 

Rojo”, eso te deja marca, como si te marcasen con un hierro 

al rojo vivo (De ahí el nombre de “Barrio Rojo”).



Al llegar por primera vez a aquel lugar, me infundo terror a la 

par que tristeza, si había un lugar donde barrer toda la 

oscuridad y las peores cosas del mundo como si se tratase 

de esconderlo bajo una alfombra, era ese lugar. Las guerras 

de la droga eran el pan de cada día ahí, y los cuerpos 

muertos se dejaban en la calle, pudriéndose bajo la sombra 

de los edificios antiguos y agrietados. Niños de no mucha 

mas edad de mi hija menor trabajando con armas, robando 

matando. Es el tipo de lugar donde no da el sol.


Había oído de un hombre que vendía armas de fuego a 

buen precio, a parte, y por un precio más elevado, también 

fabricaba explosivos. Lo llaman “El cuervo”.




No se mucho sobre el, se que hace un tiempo estuvo 

bastante saliendo en los periódicos y que todo el mundo 

sabe que está ahí, pero todo el mundo hace como que no lo 

está.



Era consciente de que necesitaba las armas para poder 

llevar a cabo mi plan, matar a Avellaneda era la única 

manera que tenía para vengarme, para quitarme el punzón 

que me clavó, y cada vez que pienso que mis hijos están 

pasando sus años y sus vidas en brazos de un hombre 

que destruyó su familia y se apoderó de ella por codicia, aún 

que hay días que llego a pensar que esto debía ser un mal 

necesario, mi redención ante el mundo, la depuración de mi 

alma, la comprensión del mundo real que nos rodea, el 

ensuciar mi consciencia y ignorar mi moral para proteger a 

mi familia, y cuando veo el paisaje que me rodea y 

mis manos ensuciadas que me recordaban lo que iba a 

hacer, dudaba, dudaba hasta que punto tenía que llevarlo a 

cabo.




Con la duda en mente caminé cabizbajo sin saber que 

pensar, pero entonces lo noté, el calor recorrió mi cuerpo y 

le siguió el dolor, miré a mi izquierda y logré ver la mano de 

un crio que sujetaba una navaja clavada en mis costillas. La 

mirada del niño fijó su mirada en mis ojos, y pronto unos 

tres jóvenes más de su misma edad se reunieron con 

garrotes en las manos. El apuñalador sin apartar su mirada, 

me comenzó a exigir que sacara todas mis pertenencias, o 

si no, la siguiente vez que el filo de su navaja atravesara 

una parte de mi cuerpo, se aseguraría que no haría falta 

volver a apuñalarme otra vez. Me quedé inmovilizado, con la 

mente en blanco, pero mi apize de consciencia me hizo 

imposible ignorar la misma sensación que noté al 

abalanzarme contra Straczynski, y sentí terror.



Hasta que comprendí que las intenciones de los jóvenes era 

apalearme.



Enrabiado y con los ojos inyectados en sangre, me apresuré 

a agarrar la muñeca del chaval, la cual con fuerza retorcí 

hasta romperla. Antes de que los secuaces sintieran el 

deber de proceder a golpearme con sus palos, extraje la 

navaja incrustada en mi costado y se la lancé al hombro de 

unos de ellos chicos, y cuando estaban a punto del 

apaleamiento, agarré del cuello al que comenzó esto, lo 

levanté del suelo hasta que sus pies fueron incapaces de 

tocar el suelo, y de pronto los enfurecidos agresores se 

pararon, inquietos y tratando de socorrer al que le arrojé el 

cuchillo.



Exigían que lo soltase, y demás palabrería que uno dice 

cuando sabe que ya han sido derrotados, y acepté, mientras 

el dueño de la navaja comenzaba a ponerse morado por la 

asfixia, y sin soltar la mano de su cuello, con la otra le cogí 

de una de las piernas, y se lo lancé encima a los chicos.



Obviamente su reacción principal fue alejarse, pero a los 

que no les dio tiempo y sufrieron la caída de su amigo 

encima sin quererlo soltaron sus garrotes, la reacción que 

yo esperaba, pero al caer el gravemente malherido 

compañero que comenzaba a respirar con fuerza se 

acercaron a el, sin no antes yo abalanzarme sobre ellos y 

agarrar los palos.



Esto ya no era una acción de defensa, si no una lección, 

estos muchachos carcomidos y criados por lo peor de la 

sociedad humana debían cambiar y aprender que las 

acciones traen consecuencias, así que comencé a apalear 

al joven del suelo hasta que de sus piernas sobresalieron 

los huesos rotos y y sus costados se tornasen negros.



Con el garrote ensangrentado en mano, el cuerpo 

encorvado, y la cabeza agachada, levanté los ojos mirando 

al grupito de niños asustados, mientras una gota de la 

sangre que me salpicó la cara comenzaba un recorrido de 

mi ojo hacia mi mejilla.



Sonreí, sonreí no por haber atemorizado a unos críos, si no 

porque esto me quitó todas las dudas de encima, Lucas 

Avellaneda debía morir, no solo por ser el monstruo que 

destrozó los cimientos de mi vida, debía de morir por el 

respeto que yo merecía, por que me infravaloró, yo debía 

ser el monstruo que destruya su vida.



Me enderecé, y mientras los vapores de los alcantarillados 
rodeaban mi figura ennegrecida por la sombra de la noche, les recordé, “Recordadme”, y cargados con sus compañeros, huyeron presos de pánico.