Capitulo de mi Diario personal numero 2:
Decayendo para alcanzar la cima
Olor
a colillas de tabaco, ron barato y hachís, con un
fuerte
sabor a amoniaco en el aire, así es como huelen los
bancos de ciudad
por la noche, cuando nosotros, la gente
de la calle entra a dormir en
ellos. Por las mañanas se
acercan los patrulleros y nos echan, por
lo general se
aprovechan y golpean. Pero claro, es eso, o dormir en
algún
parque, y los cartones y las mantas de los contenedores
roídas
por las ratas no abrigan.
Esta
mañana la locura estalló en las calles, se oían nombres
de
borrachos que se atribuían el merito de ser quién mató a
Straczynski, incluso
hubo de quién habló del gobierno,
extraterrestres,
y otros religiosos radicalizados hablaban de
un castigo divino del
propio Jesucristo redentor,
que lo
mandó al infierno por robar vino de la Iglesia.
Como
esto es España, y los policías no tomarán donuts y
café cada dos
por tres, pero como buenos españoles,
trabajar mucho no es su
fuerte, así que tan pronto como
pudieron, dejaron el caso cerrado
redactando el siguiente
informe policial que presentaron los
periódicos:
“Un
suicidio accidental por estar, el fallecido, en estado de
embriaguez.
Alcoholizado, prendió unas cerillas en busca de
encender un puro
(...), acto seguido, con botella en mano,
calló al suelo, de modo,
que se insertó a través de la boca la
botella, que con el peso del
sujeto al caerse, estalló en el
interior del orificio bucal.
Sangrando y embriagado, el sujeto
se tumbó en el colchón para
calmarse, con la mala fortuna
de que una roca de las paredes del
recinto cayó sobre el
estomago del desdichado fallecido (…)”.
Obviamente
ese informe no convenció a la prensa, quién
tenía la suposición
de que se trataba de un asesinato, de
hecho hablaban de la
posibilidad de que se tratara de un
caso de brutalidad policial, ya
que les escamaba el echo de
que se lo quisieran quitar de encima el
caso tan pronto.
Esa
misma mañana me paseé por las calles en busca de un
lugar conocido
por los criminales, un lugar secreto y ajeno a
la sociedad, lo llaman
el “Barrio rojo”, y obviamente no es
por ser comunistas.
La
calle es triste, no por el echo de vivir en ella en la
inmundicia, si
no por la sociedad marchita que la rompe
como un cáncer. Una
necrosis que la mata poco a poco. Las
calles sucias con olor a goma
quemada, los callejones con
olor a droga y alcohol, pero sobre todo,
olor a hipocresía y
apatía. Pero sin duda no es nada comparado con
el “Barrio
Rojo”, eso te deja marca, como si te marcasen con un
hierro
al rojo vivo (De ahí el nombre de “Barrio Rojo”).
Al
llegar por primera vez a aquel lugar, me infundo terror a la
par que
tristeza, si había un lugar donde barrer toda la
oscuridad y las
peores cosas del mundo como si se tratase
de esconderlo bajo una
alfombra, era ese lugar. Las guerras
de la droga eran el pan de cada
día ahí, y los cuerpos
muertos se dejaban en la calle, pudriéndose
bajo la sombra
de los edificios antiguos y agrietados. Niños de no
mucha
mas edad de mi hija menor trabajando con armas, robando
y matando. Es el tipo de lugar donde no da el sol.
Había
oído de un hombre que vendía armas de fuego a
buen precio, a parte, y por un precio más elevado, también
fabricaba explosivos. Lo llaman “El cuervo”.
No
se mucho sobre el, se que hace un tiempo estuvo
bastante saliendo en
los periódicos y que todo el mundo
sabe que está ahí, pero todo el
mundo hace como que no lo
está.
Era
consciente de que necesitaba las armas para poder
llevar a cabo mi
plan, matar a Avellaneda era la única
manera que tenía para
vengarme, para quitarme el punzón
que me clavó, y cada vez que
pienso que mis hijos están
pasando sus años y sus vidas en brazos
de un hombre
que destruyó su familia y se apoderó de ella por
codicia, aún
que hay días que llego a pensar que esto debía ser un
mal
necesario, mi redención ante el mundo, la depuración de mi
alma, la comprensión del mundo real que nos rodea, el
ensuciar mi
consciencia y ignorar mi moral para proteger a
mi familia, y cuando
veo el paisaje que me rodea y
mis manos ensuciadas que me recordaban
lo que iba a
hacer, dudaba, dudaba hasta que punto tenía que
llevarlo a
cabo.
Con
la duda en mente caminé cabizbajo sin saber que
pensar, pero
entonces lo noté, el calor recorrió mi cuerpo y
le siguió el
dolor, miré a mi izquierda y logré ver la mano de
un crio que
sujetaba una navaja clavada en mis costillas. La
mirada del niño
fijó su mirada en mis ojos, y pronto unos
tres jóvenes más de su
misma edad se reunieron con
garrotes en las manos. El apuñalador sin
apartar su mirada,
me comenzó a exigir que sacara todas mis
pertenencias, o
si no, la siguiente vez que el filo de su navaja
atravesara
una parte de mi cuerpo, se aseguraría que no haría falta
volver a apuñalarme otra vez. Me quedé inmovilizado, con la
mente
en blanco, pero mi apize de consciencia me hizo
imposible ignorar la
misma sensación que noté al
abalanzarme contra Straczynski,
y sentí terror.
Hasta
que comprendí que las intenciones de los jóvenes era
apalearme.
Enrabiado
y con los ojos inyectados en sangre, me
apresuré
a agarrar la muñeca del chaval, la cual con fuerza retorcí
hasta romperla. Antes de que los secuaces sintieran el
deber de
proceder a golpearme con sus palos, extraje la
navaja incrustada en
mi costado y se la lancé al hombro de
unos de ellos chicos, y cuando
estaban a punto del
apaleamiento, agarré del cuello al que comenzó
esto, lo
levanté del suelo hasta que sus pies fueron incapaces de
tocar el suelo, y de pronto los enfurecidos agresores se
pararon,
inquietos y tratando de socorrer al que le arrojé el
cuchillo.
Exigían
que lo soltase, y demás palabrería que uno dice
cuando sabe que ya han sido derrotados, y acepté, mientras
el dueño de la navaja
comenzaba a ponerse morado por la
asfixia, y sin soltar la mano de su
cuello, con la otra le cogí
de una de las piernas, y se lo lancé
encima a los chicos.
Obviamente
su reacción principal fue alejarse, pero a los
que no les dio tiempo
y sufrieron la caída de su amigo
encima sin quererlo soltaron sus
garrotes, la reacción que
yo esperaba, pero al caer el gravemente
malherido
compañero que comenzaba a respirar con fuerza se
acercaron a el, sin no antes
yo abalanzarme sobre ellos y
agarrar los palos.
Esto
ya no era una acción de defensa, si no una lección,
estos muchachos
carcomidos y criados por lo peor de la
sociedad humana debían
cambiar y aprender que las
acciones traen consecuencias, así que
comencé a apalear
al joven del suelo hasta que de sus piernas
sobresalieron
los huesos rotos y y sus costados se tornasen negros.
Con
el garrote ensangrentado en mano, el cuerpo
encorvado, y la cabeza
agachada, levanté los ojos mirando
al grupito de niños asustados,
mientras una gota de la
sangre que me salpicó la cara comenzaba un recorrido de
mi ojo hacia
mi mejilla.
Sonreí,
sonreí no por haber atemorizado a unos críos, si no
porque esto me
quitó todas las dudas de encima, Lucas
Avellaneda debía morir, no
solo por ser el monstruo que
destrozó los cimientos de mi vida,
debía de morir por el
respeto que yo merecía, por que me
infravaloró, yo debía
ser el monstruo que destruya su vida.
Me
enderecé, y mientras los vapores de los alcantarillados
rodeaban mi
figura ennegrecida por la sombra
de la noche, les recordé, “Recordadme”, y cargados con sus
compañeros, huyeron presos de pánico.
