Capitulo
de mi diario personal numero 1:
Yo antes era feliz
Hoy
he soñado con el pasado. En este sueño me sentía desconcertado,
como confuso. Una mujer chillaba, mi mujer; Dos niños lloraban, eran
mis hijos; Había sangre en el suelo, yo lo miraba, y mi mujer me
azotaba la cara, después, cogía el teléfono, marcaba el 112. Lo
único que recuerdo decir era “¿Que pasa? ¡¿Que ocurre?!”, yo
también lloraba mientras veía a mis hijos, que rehuían de mi
mirada, tenían miedo, mi mujer tenía miedo, yo tenía miedo. Y lo
veo, como una sombra al final de la sala, con un cuchillo en la mano.
Lucas Avellaneda.
Me
desperté cuando un jardinero me roció con el agua de la manguera
mientras dormía en un banco del parque, tapado con unos cartones.
Tengo que buscar unos nuevos.
Pero
ese nombre, Avellaneda, como lo odio, me saca de quicio, por su culpa
estoy aquí, en este parque con unos cartones mojados y con un
bocadillo de hace una semana que me encontré en una papelera
mordido. El me arrebató mi vida, mi familia, todo.
La
verdad es que no recuerdo muy bien lo que pasó, se que llegué a
casa de trabajar, mi hija menor no había hecho los deberes, me
enfadé con ella porque no me obedecía, así que la castigué sin
salir de la habitación hasta que acabase las tareas de clase. Cuando
fui hacia la cocina para buscar algo para beber, fue cuando me fijé,
ahí estaba el, frente a mi. Después solo recuerdo sangre en el
suelo, mis hijos llorando, mi mujer entrando por la puerta de casa.
Ella grita, ella me pega, ella llama a la policía. La policía llega
a casa. Y me quedo sin casa y sin familia, por un papel que pone
“Orden de Alejamiento”.
De
eso hace ya cuatro años. Cuatro años que han sido en vano. Estaba
totalmente acabado, así me sentía, era un desgraciado tirado en la
calle, los otros vagabundos se reían de mi, me robaban las cosas. Me
acuerdo en especial de uno, Michael Straczynski, ese bastardo
americano de sesenta y tres años que robaba vino de las iglesias
para emborracharse. Se cuenta que una vez apuñaló a un cura que no
le dejaba llevarse el vino, pero que le ofreció ayuda. Straczynski
era un antisemita ateo, según los rumores, se rió en su cara y
entonces lo mató. No se si es cierto, la verdad es que en la calle
se cuentan historias para impresionar y ser respetado, hubo una vez
un tipo, que murió arrojado por un coche, que dijo que una vez fue
capaz de levantar un auto con las manos para salvar a unos niños,
que irónico.
Hubo
un día en especial, me acordaré siempre de ese día. Yo salía de
la iglesia tras escuchar el sermón del Padre Salvador Larroca, en
el que alegaba que teníamos que perseguir nuestros sueños y
nuestras metas, para ser felices, vivir en paz, y así hacer más
sencilla nuestra misión para llegar al cielo con el señor, y tener
nuestras almas en armonía. Ese sermón se me quedó en la cabeza
grabada. Recuerdo que cuando salí, Straczynski estaba sentado al
lado de la puerta, esperando a que todos salieran y así robar el
vino. El padre Salvador se dio cuenta de ello, y le escuché rumiando
acerca de el. Al día siguiente, los habituales de los sermones del
padre Salvador recibimos el mensaje de que había sido agredido y se
encontraba en el hospital, nadie podía creerlo, no tenía sentido,
es decir, ¿Quién le haría semejante cosa a un hombre tan honrado y
noble? Hubo un detalle que me hizo pensar, la bodega de vino había
sido asaltada ese mismo día. Sí, ese jodido alcohólico.
Esa
misma noche, con las palabras del padre Salvador en mente, fui en
busca del americano, no era complicado, todas las noches se iba a su
cabaña personal, era una casa derruida en las afueras con un colchón
robado, y muchas botellas de vino que después revendía para sacarse
algo de dinero. Y como cada noche, ahí estaba, acostado en ese
colchón roído por las ratas, durmiendo con una botella en la mano.
Que rabia, y ese cerdo era respetado. ¿Porqué el merecía estar
ahí? Tranquilo, feliz. Y yo durmiendo en cualquier parque o
cualquier matorral que me encuentre, siendo menospreciado por mi
misma calaña.
Agarré
una roca de las que habían tiradas y se la lancé en el estomago.
Rápidamente reaccionó despertándose y vomitando, tras eso me miró
con lagrimas en los ojos, preguntándome porqué le hacía eso, le
contesté, que porque no merecía otra cosa. Me rogaba una y otra vez
que le dejase tranquilo, que sería un buen hombre, que se había
equivocado. Acto seguido el antisemita ateo comenzó a rogar perdón
a Dios.
Mis
manos me temblaban de nervios y miedo, pero ya había comenzado,
tenía que tener el valor para conseguir mis metas, y vengar al padre
Salvador. Me abalancé sobre el y lo comencé a golpear en la cara
hasta que noté que uno de mis nudillos de la mano derecha se me
desplazó hacia arriba. El dolor me invadió el cuerpo, y mi mente se
nubló. Miré el rostro de Michael, ensangrentado con una mezcla de
su sangre, la mía y vomito. Sin pensar y envuelto de rabia e ira,
agarré una botella de vino que tenía al costado de su “cama”,
la misma que antes tenía en la mano a medio beber, y se la metí en
la boca. Empujé con todas mis fuerzas metiendo la botella hacia
dentro. Straczynski se removía sin parar, sin poder moverse por el
peso que le infligía al estar sobre el, y el de la roca que le
aplastaba el estomago. Agonizaba, no podía respirar, hasta que su
mandíbula inferior se rompió junto sus dientes, pero yo no cesé de
insertar la botella hasta que esta estalló, y la sangre comenzó a
brotar de su boca.
Después
de eso me miré a las manos, y comencé a gritar de terror, pero solo
durante un instante, me convencí de que era lo correcto, y lo era.
Una vez recobrada la compostura, busqué por los bolsillos del muerto
en busca de un mechero.
Al
día siguiente, tras ser despertado por el agua de la manguera del
jardinero del parque, y tirar a la basura el cartón mojado, vi un
periódico tirado en el suelo, donde contaban la noticia en primera
plana, de “Un abrumador asesinato a un sin techo que la policía
estaba investigando”.
En
el articulo añadían “(...)La victima del asesinato, cuyo agresor
se está investigando, fue encontrada con quemaduras de tercer grado
por todo el cuerpo, junto el resto de la zona donde habitaba.(...)”.
Cuando fuí capaz de darme cuenta, tenía una sonrisa dibujada en el
rostro.
Hoy
he soñado con el pasado. En este sueño me sentía desconcertado,
como confuso. Una mujer chillaba, mi mujer; Dos niños lloraban, eran
mis hijos; Había sangre en el suelo, yo lo miraba, y mi mujer me
azotaba la cara, después, cogía el teléfono, marcaba el 112. Lo
único que recuerdo decir era “¿Que pasa? ¡¿Que ocurre?!”, yo
también lloraba mientras veía a mis hijos, que rehuían de mi
mirada, tenían miedo, mi mujer tenía miedo, yo tenía miedo. Y lo
veo, como una sombra al final de la sala, con un cuchillo en la mano.
Lucas Avellaneda.
Me
desperté cuando un jardinero me roció con el agua de la manguera
mientras dormía en un banco del parque, tapado con unos cartones.
Tengo que buscar unos nuevos.
Pero
ese nombre, Avellaneda, como lo odio, me saca de quicio, por su culpa
estoy aquí, en este parque con unos cartones mojados y con un
bocadillo de hace una semana que me encontré en una papelera
mordido. El me arrebató mi vida, mi familia, todo.
La
verdad es que no recuerdo muy bien lo que pasó, se que llegué a
casa de trabajar, mi hija menor no había hecho los deberes, me
enfadé con ella porque no me obedecía, así que la castigué sin
salir de la habitación hasta que acabase las tareas de clase. Cuando
fui hacia la cocina para buscar algo para beber, fue cuando me fijé,
ahí estaba el, frente a mi. Después solo recuerdo sangre en el
suelo, mis hijos llorando, mi mujer entrando por la puerta de casa.
Ella grita, ella me pega, ella llama a la policía. La policía llega
a casa. Y me quedo sin casa y sin familia, por un papel que pone
“Orden de Alejamiento”.
De
eso hace ya cuatro años. Cuatro años que han sido en vano. Estaba
totalmente acabado, así me sentía, era un desgraciado tirado en la
calle, los otros vagabundos se reían de mi, me robaban las cosas. Me
acuerdo en especial de uno, Michael Straczynski, ese bastardo
americano de sesenta y tres años que robaba vino de las iglesias
para emborracharse. Se cuenta que una vez apuñaló a un cura que no
le dejaba llevarse el vino, pero que le ofreció ayuda. Straczynski
era un antisemita ateo, según los rumores, se rió en su cara y
entonces lo mató. No se si es cierto, la verdad es que en la calle
se cuentan historias para impresionar y ser respetado, hubo una vez
un tipo, que murió arrojado por un coche, que dijo que una vez fue
capaz de levantar un auto con las manos para salvar a unos niños,
que irónico.
Hubo
un día en especial, me acordaré siempre de ese día. Yo salía de
la iglesia tras escuchar el sermón del Padre Salvador Larroca, en
el que alegaba que teníamos que perseguir nuestros sueños y
nuestras metas, para ser felices, vivir en paz, y así hacer más
sencilla nuestra misión para llegar al cielo con el señor, y tener
nuestras almas en armonía. Ese sermón se me quedó en la cabeza
grabada. Recuerdo que cuando salí, Straczynski estaba sentado al
lado de la puerta, esperando a que todos salieran y así robar el
vino. El padre Salvador se dio cuenta de ello, y le escuché rumiando
acerca de el. Al día siguiente, los habituales de los sermones del
padre Salvador recibimos el mensaje de que había sido agredido y se
encontraba en el hospital, nadie podía creerlo, no tenía sentido,
es decir, ¿Quién le haría semejante cosa a un hombre tan honrado y
noble? Hubo un detalle que me hizo pensar, la bodega de vino había
sido asaltada ese mismo día. Sí, ese jodido alcohólico.
Esa
misma noche, con las palabras del padre Salvador en mente, fui en
busca del americano, no era complicado, todas las noches se iba a su
cabaña personal, era una casa derruida en las afueras con un colchón
robado, y muchas botellas de vino que después revendía para sacarse
algo de dinero. Y como cada noche, ahí estaba, acostado en ese
colchón roído por las ratas, durmiendo con una botella en la mano.
Que rabia, y ese cerdo era respetado. ¿Porqué el merecía estar
ahí? Tranquilo, feliz. Y yo durmiendo en cualquier parque o
cualquier matorral que me encuentre, siendo menospreciado por mi
misma calaña.
Agarré
una roca de las que habían tiradas y se la lancé en el estomago.
Rápidamente reaccionó despertándose y vomitando, tras eso me miró
con lagrimas en los ojos, preguntándome porqué le hacía eso, le
contesté, que porque no merecía otra cosa. Me rogaba una y otra vez
que le dejase tranquilo, que sería un buen hombre, que se había
equivocado. Acto seguido el antisemita ateo comenzó a rogar perdón
a Dios.
Mis
manos me temblaban de nervios y miedo, pero ya había comenzado,
tenía que tener el valor para conseguir mis metas, y vengar al padre
Salvador. Me abalancé sobre el y lo comencé a golpear en la cara
hasta que noté que uno de mis nudillos de la mano derecha se me
desplazó hacia arriba. El dolor me invadió el cuerpo, y mi mente se
nubló. Miré el rostro de Michael, ensangrentado con una mezcla de
su sangre, la mía y vomito. Sin pensar y envuelto de rabia e ira,
agarré una botella de vino que tenía al costado de su “cama”,
la misma que antes tenía en la mano a medio beber, y se la metí en
la boca. Empujé con todas mis fuerzas metiendo la botella hacia
dentro. Straczynski se removía sin parar, sin poder moverse por el
peso que le infligía al estar sobre el, y el de la roca que le
aplastaba el estomago. Agonizaba, no podía respirar, hasta que su
mandíbula inferior se rompió junto sus dientes, pero yo no cesé de
insertar la botella hasta que esta estalló, y la sangre comenzó a
brotar de su boca.
Después
de eso me miré a las manos, y comencé a gritar de terror, pero solo
durante un instante, me convencí de que era lo correcto, y lo era.
Una vez recobrada la compostura, busqué por los bolsillos del muerto
en busca de un mechero.
Al
día siguiente, tras ser despertado por el agua de la manguera del
jardinero del parque, y tirar a la basura el cartón mojado, vi un
periódico tirado en el suelo, donde contaban la noticia en primera
plana, de “Un abrumador asesinato a un sin techo que la policía
estaba investigando”.

En
el articulo añadían “(...)La victima del asesinato, cuyo agresor
se está investigando, fue encontrada con quemaduras de tercer grado
por todo el cuerpo, junto el resto de la zona donde habitaba.(...)”.
Cuando fuí capaz de darme cuenta, tenía una sonrisa dibujada en el
rostro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario